Uno de mis primeros viajes a la selva amazónica me llevó hasta una remota comunidad indígena en la frontera con Brasil. Al momento de regresar, los indígenas me señalaron un débil sendero que se adentraba en la selva primaria. Con 120 kilómetros por delante y solo la compañía de dos indígenas, emprendí una travesía que pondría a prueba mi resistencia y mi sentido de la orientación.
Me había preparado para la aventura, pero nada me había preparado para lo que vendría. Tras la primera noche en la selva los indígenas que guiaban mi camino, con el rostro pálido, me comunicaron su decisión de regresar. Señales de otros nativos los habían atemorizado. Solo, en medio de aquella inmensidad verde, la idea de recorrer 100 kilómetros por un sendero que se desvanecía me llenó de una mezcla de determinación y temor. La incertidumbre me carcomía por dentro, pero también me impulsaba a seguir adelante.
En mi primera noche de soledad, mientras dormía, sentí un cosquilleo en mi cuerpo. Al encender la linterna, descubrí que había sido invadido por hormigas cortadoras de hojas (Atta sexdens) y que mi mosquitero, que era mi único refugio, estaba completamente agujereado. Me vi obligado a dormir a la intemperie, buscando refugio entre las aletas de los árboles. Sin embargo, las intensas picaduras de mosquitos me mantenían en un estado casi sonámbulo. A pesar del agotamiento, la necesidad de sobrevivir me impulsaba a seguir adelante.

Comenzaba a caminar a las 5 de la mañana, agudizando la vista en busca de cualquier indicio del sendero perdido. A las 5 de la tarde, buscaba un lugar para refugiarme y pasar la noche. Mis días se convertían en una constante lucha por la supervivencia. La sed la aliviaba bebiendo agua directamente de las turbias quebradas. El hambre me obligaba a explorar cada rincón de la selva, donde descubrí pequeños frutos silvestres que me proporcionaron un alivio temporal. Con mi pequeño cuchillo, logré cortar una palmera y extraer el preciado palmito, que fue mi principal fuente de alimento durante esos siete días.
Durante mi recorrido por la densa vegetación, tuve un encuentro inolvidable con un majestuoso jaguar (Panthera onca) a escasos metros de mí. El avistamiento duró apenas cinco segundos; el jaguar me observó y, como un fantasma, se desvaneció en la floresta. Además de este impresionante avistamiento, me encontré con serpientes venenosas, tortugas, un tapir, huanganas y varias especies de monos que me desafiaban con sus chillidos. A diario, me bañaba en las quebradas para refrescarme y, a menudo, cuando salía, encontraba numerosas sanguijuelas en mi cuerpo.

Tras seis días de deambular por la densa selva, finalmente encontré, entre árboles caídos, el sendero que me conduciría a la civilización. Al séptimo día, logré llegar a un camino más marcado que me llevó a una chacra. Allí, sintiendo una mezcla de alivio y agotamiento, tuve la suerte de encontrar a una persona que me ofreció un mazato de pijuayo, una bebida típica de la región. Lo bebí con desesperación, pero mi cuerpo, debilitado por días de privaciones, no estaba preparado para ese alimento.
Finalmente, recorrí los últimos 10 kilómetros por un camino bien marcado y llegué al pueblo ribereño, donde encontré un bote que me llevaría a la ciudad de Iquitos.
Poco después de regresar, me diagnosticaron dengue, malaria y parásitos intestinales, todo ello derivado de mi estancia en la selva. Además, las larvas de moscas de la selva me habían infestado la piel con gusanos. A pesar de los efectos duraderos y la incomodidad, el viaje me enseñó una profunda lección sobre la resiliencia y la vulnerabilidad humana ante la inmensidad de la naturaleza. Cada desafío y adversidad que enfrenté profundizó mi comprensión y respeto por el mundo natural y puso de relieve la capacidad del espíritu humano para superar la adversidad extrema.













